viernes, 6 de junio de 2008

¿A dónde fue Eugenio Montejo?


Ilustación: Arnal Ballester.
Chamario. Eduardo Polo. Ekaré, 2004.

Esta mañana las nubes ya sabían la noticia. Se la habían contado las estrellas, cuando desgranaron sus lágrimas de luz en el cielo de Valencia. Por eso el horizonte tenía ese semblante, como quien espera impaciente una llegada mientras quiere evitar la despedida.

El tren pasó hoy por la puerta de su casa y se llevó a Eduardo Polo, vestido con la piel de Eugenio.
Eugenio, el de los poemas de amor, el del cuaderno de Blas, tomó la mano de Eduardo y se echó a navegar por sus juegos de palabras, saltando entre las sílabas, cambiando los acentos. Se fue.


Diez minutos entre canto y cuento. "¿Usted hizo este libro?", pregunta un niño. "No, señor. Yo soy policía", él le responde. Se fue el policía. Ese que no quiso firmar mi pequeño libro entrañable si no conseguía un "pase de la comisaria" Castillo y que me dejó después su nombre en una nota que me permitió salir en libertad, para contar cuentos en FilUC, hace dos años. Eduardo - Eugenio, gendarme de nuestro juego con Alecia y los niños, cantando juntos sus poemas.

En Valencia.

Allí cantamos, allí se fue.

Pero él sabía, y ahora yo se, que puedo encontrarlo todavía en ese tren donde jugamos con los niños o en los bordados que perfuman los hilos de la almohada.

Cuando yo sea*

Cuando yo sea grillo

cantando a la luna,

si oyes mi organillo,

dame una aceituna.


Cuando hormiga sea

cargando un gran peso,
que al menos te vea

a la luz de un beso.


Cuando sea ciempiés
con mis cien botines,

deja que una vez

cruce tus jardines.


Cuando no sea nada

sino sombra y humo,

guárdame en tu almohada

que yo la perfumo.


xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx*tomado de: Chamario.

4 comentarios:

J. L. Maldonado dijo...

Buenas palabras poeta. Gracias por tu lectura.

loslibros dijo...

Montejo, único.

La Gata Insomne dijo...

ah!"!
te debía haber visitado ese día

igual hoy me encanta

Anónimo dijo...

Quién sabe a dónde fue... tal vez la tierra no giró sobre sí misma, mucho menos en nosotros, y decidió quedarse flotandito en la curva nostalgica de tu nariz roja. (no sé por qué, pero siempre se te recuerda bonito... inevitablemente fugaz)